A menudo los padres se preocupan porque a sus hij@s les gusta mucho la gimnasia, pero éstos no sienten deseos de asistir a las clases, lo cual es interpretado como una incoherencia.

La realidad es contundente y la gran culpa de este suceso está originada en la ausencia de perseverancia, voluntad y compromiso del alumno, o un carácter personal o cualidades psicofísicas que no se ajustan al perfil de un deportista de rítmica. La acción de poner una música en casa y bailar libremente no implica que ese niñ@ tenga aptitudes para una clase de gimnasia, ni siquiera que le guste la rítmica.

En un mundo donde la búsqueda de placer fácil y a corto plazo es lo que se impone, está claro que la gimnasia rítmica no se ajusta a ese modo de entender la vida. Hay padres que lamentablemente no saben inculcar hábitos de responsabilidad y disciplina, y si un día el niñ@ tiene una fiesta de cumpleaños o simplemente no tiene ganas de ir a clase, sus padres lo asienten y lo aceptan.

Y eso perjudica la visión del niñ@ sobre la importancia de encarar las actividades que eligen con responsabilidad y seriedad, dando origen a lo que más adelante – y en el peor de los casos – será derivado en bajas laborales de dudosa justificación, llegar tarde a sus obligaciones y no cumplir satisfactoriamente con lo que se le exige. Hábitos que en nuestro país están a la orden del día.

Ser gimnasta no es solo un físico, sino que ser gimnasta es una forma de ver, actuar y afrontar la vida. Un deportista no se hace, sino que las gimnastas nacen y luego se perfeccionan. Y la mayor ilusión en la vida de un entrenador es llegar a encontrar y formar a ese alumno total al que buscamos incansablemente, a aquel que viene a clase todos los días y que sabe desafiar sus flaquezas, que nos obliga a superarnos como técnicos, y que pone todas sus fuerzas en afrontar con pasión y entusiasmo el reto de aprender a bailar.