¿Cuántas veces al año, a la semana e incluso al día nos sucede que una emoción negativa nos inunda y nos dejamos llevar sin poner freno ni solución? ¿Cuántas de estas veces somos una parte activa y predispuesta a querer cambiar ese proceso físico-químico interior que nos invade? Seguramente, la respuesta mayoritaria a la segunda pregunta sea “pocas” o “ninguna”.

Tradicional y culturalmente hemos pensado que las emociones escapan a menudo de nuestra voluntad y se vuelven incontrolables. Así bien, aunque esta afirmación tiene su parte de verdad, contiene un matiz muy importante. Se ha demostrado neurológicamente que al igual que existen unos circuitos neuronales (valga la redundancia) y hormonas en el torrente sanguíneo que hacen que, a partir de un estímulo del entorno desarrollemos determinadas emociones y estas se traduzcan visiblemente en conducta ( gestos, acciones, comportamientos..), podemos invertir el proceso. ¿De qué modo? Se trata de voltear el sentido del circuito neuronal, empezar por el final. Pero para que esto nos resulte posible (que no sencillo al principio) necesitaremos una doble dosis de seguridad: En nosotros mismos y en consecuencia, en esperar que lo conseguiremos, pensar que es factible y ser conscientes de las ventajas y beneficios que el autocontrol emocional nos aportará.

Una vez tengamos un buen grado de seguridad, convencimiento y nos encontremos motivados a conseguir nuestro propósito, podremos empezar a construir emociones.

Imaginemos ahora a un jugador de voleibol, por ejemplo. Este jugador ha encadenado varios errores seguidos en puntos previos y se encuentra visiblemente disgustado y bajo en ánimos. Este sería el circuito normal de entrada de una emoción: En un entorno determinado, suceden una serie de hechos que nos provocan unas determinadas emociones, las cuales en función de dichos acontecimientos podrán ser negativas o positivas, lo que comúnmente se verá reflejado en la conducta, en este caso, de este jugador de voleibol, el cual se encontrará cabizbajo, resoplando o maldiciendo, focalizado en sus errores en lugar de en el siguiente punto…

Pues bien, aquí entra la construcción de emociones. Para cambiar el sentido de esta emoción tenemos tres armas:

En primer lugar, siendo el mensaje corporal que transmitimos negativo, será lo primero que haya que modificar. Habremos de hacer el esfuerzo de levantar la cabeza, darnos ánimos a nosotros mismos y evitar las quejas; porque ese mensaje que transmitimos con nuestro cuerpo, no se envía sólo a las personas que nos están viendo, sino, y lo que es más importante, nos estamos diciendo a nosotros mismos, incluso a veces literalmente: “estoy mal”. Invirtamos este proceso.

Por último, en segundo y tercer lugar se encuentran las acciones y los pensamientos.

Una vez realizado el esfuerzo de modificar nuestro lenguaje corporal, nos será mucho más sencillo tener pensamientos positivos, más enfocados en el “Aquí y Ahora” del mismo modo que una persona no podrá sentir tristeza al mismo tiempo que ríe a carcajadas, y como consecuencia de ello, nuestras acciones serán más fluidas, con menos miedo a fallar y de más calidad, pues todo nuestro foco de atención estará centrado en ellas, no en los errores pasados.

Como les digo a los jugadores de la academia de tenis en la que trabajo, ¿ si constantemente, en cada golpe, estamos intentando controlar la bola para que entre, por qué no hacemos lo mismo con nuestras emociones?

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