Como todo aventurero uno visualiza los retos siendo consciente del peligro y sin importarle lo que digan los demás. Quizás me puedan las ganas de vivir que el miedo a fracasar, siempre soñé en grande, total es gratis.

Islandia es una isla en medio del océano Atlántico, nueva, salvaje, inhabitada. 330 kilómetros con 6.000 metros de desnivel positivos, sin ayudas externas, cargando con la mochila con todo lo necesario para lo que durase la travesía.

El 1 de agosto, a las 7 horas de la mañana me lleva el vuelo de Reikiavik a Akureyri. Desde el aire no paraba de mirar con el asombro de lo que veía desde la ventanilla. En aterrizar el tiempo estaba nublado y ventoso, me preparo sin negarlo, lleno de dudas, pero no tenía ninguna excusa para no empezar. La mochila de 20 litros pesaba sobre 8 kilos, demasiado para lo que normalmente estoy acostumbrado. Volví a revisar pero todo me parecía imprescindible.

A las 9.30 horas comienzo a correr siempre al lado de un río sobre unos 40 km a partir de acá un cartel me avisa que entro en la zona de Spresingensur o zona de highlands (un desierto de piedra). El camino empeora, y sobre las 23 horas llegó al refugio de Laugafell, donde dejó de tener cobertura en internet. Completo 80 km, las noches en esta época del año son más cortas. A las 6 de la mañana ya estoy en marcha después de tomar 2 decisiones importantes.

La primera alivianar el equipaje, y para ello dejo las chanclas de vadeo para hacerlas descalzo, dejo pilas, me quedo con un solo bidón, dejó una camiseta, y a partir de acá comer las barritas de más peso (que solo eran gramos).

La otra, muy arriesgada y que me di cuenta al llevar varios kilómetros, unas pisadas de caballo (imagino que salvajes) que sus pasos iban en línea recta y que yo me las volvía a encontrar después de un rodeo. Ir campo a través era temerario, pero mi instinto asalvajado es bastante más fuerte que mi sentido común, me salgo de la senda ya que veía que me sería imposible llegar al destino que tenía previsto.

Mucho suspense

Después de mucho suspense y muchos vadeos de ríos, ya descalzo y con el agua a la rodilla, donde el único bastón era importante para poder cruzarlos ya que había bastante corriente y muy fría.

Sabía que si me pasaba algo era difícil que me encontraran ya que me salí del camino. Sobre las 12 horas llego al refugio de Nyidulur, recordar que en estos refugios no ofrecen nada, ni café, ni bebida ni comida. Sabia que 50 kilómetros mas adelante había un refugio que estaba cerrado ese era mi plan,veo a un ciclista acampado a la orilla del camino.

Sobre las 22 horas y después de 100 kilómetros llego al refugio que como sabía estaba cerrado después de recorrer los alrededores descubro una caseta donde sacan agua, pero lo justo para que pueda extender mi saco y pasar la noche.

Al tercer día la misma rutina. Caliento con pastillas mi café y una barrita y al camino. Todavía seguía en la zona desértica. El tiempo aguantaba 2 días sin llover, demasiada suerte. A falta de 30 km aparece la lluvia. Voy muy cansado y casi no puedo correr. Sobre las 22 horas llegó a la zona de Landmannalaugar y vuelvo a tener cobertura después de dos días, y junto a mi llega el mismo ciclista que había visto el día anterior que reconozco por su bicicleta 100 km más ante su cara de asombro.

Compro unas galletitas, una chocolatina y un refresco, lo único que había, mientras la gente prepara sus suculentos platos en la cocina del refugio, me siento en el suelo del refugio avergonzado de cómo huelo y mi comida no era para sentarme a la mesa, no me importa. Sé quien soy y lo que estoy haciendo.

Por la noche me levanto al baño y veo 4 peras. No me puedo aguantar y tomo solo 2. Por la mañana me levanto el primero y no hay nadie cerca de mí. Normal (me deje el desodorante en casa). Voy al baño y veo que siguen las 2 hermosas peras. No lo pude evitar. Lo siento, tenía mucha hambre.

Euforia

Estoy eufórico porque estoy solo a 90 km. Voy super animado, filmando y sacando fotos. La zona es considerada como un paraíso escondido porque por su difícil acceso ha permitido conservar como zona virgen de Europa. Me faltan ojos para poder retener todo lo que estoy viendo, fumarolas, montañas de colores, nieve, cascadas, manantiales naturales... El entorno es inmejorable.

En la medida que me voy acercando a Porsmork empiezo a visualizar el último tramo que es el paso entre 2 glaciares. Pocas veces fallo con los tiempos y debería llegar al paso sobre las 22 horas. No tenía información de cómo estaba de nieve, así que decidí esperar al día siguiente para hacerlo con la luz del día.

Estaba a solo 26 kilómetros para la cascada. El primer tramo es un lugar soñado de cualquier ultra runner, con subidas y bajadas, solo sendas, todo verde, con caída hacia ambos lados para llegar al punto más alto: el paso entre los 2 Glaciares: el Myrdalsjokull y Eyjiallajokull.

A mi derecha las montañas más jóvenes del mundo. Me di el respiro de subir para poder agarrar algunas piedras de recuerdo. Desde ahí solo 10 kilómetros de bajada acompañado por el río Skogar con sus continuas cascadas para terminar en una cascada con un salto de 60 metros que resulta majestuosa e imponente.

Sería un mentiroso si dijese que fue fácil, que no sufrí, que no pasé hambre, que no pasé miedo, que no lloré acordándome del Mingo... Pero no me importa porque todo eso pasa y el recuerdo queda. Sigo disfrutando de la vida como si no hubiera un mañana. Exprimiéndola al máximo. Sigo persiguiendo mis sueños con todas mis fuerzas.

Las excusas de hoy son las derrotas de mañana. Las quejas son para las zonas de confort.

Mi sensación de conquistador de territorios que a veces me parecen inalcanzables e imposibles cuando mis piernas ya no pueden, mi carácter se revela y mis sentimientos y mis emociones salen para dejar mi corazón al descubierto.

El objetivo siempre es disfrutar y ganar, la victoria puede ser personal, de auto-superación. El sufrimiento es indispensable para conseguir un reto, cuando más me sacrifico en un proyecto, más horas le echo y más ilusión me da conseguirlo.