He dejado pasar unos días antes de escribir esta columna de opinión. Quizás no era el momento de hacer sangre, aunque, y he de ser sincero, sí he compartido algún 'meme' en Twitter o alguna publicación graciosa en Facebook.

España ha dicho adiós al Mundial de Rusia 2018 sin haber competido al nivel que muchos, millones diría, pensábamos que iba a rendir. Tras una fase de grupos irregular (sólo se salvan 20 minutos del primer duelo ante nuestros vecinos los portugueses), y después de que las carambolas nos hicieran ser primeros de grupo y coger el camino “fácil” para tratar de llegar a la final, viene Rusia, la anfitriona, y nos ganan desde el punto de penalti.

Y no, queridos amigos y amigas. Los penalties no son una lotería, como muchos los denominan. En una de las muchas sesiones preparatorias los disparos desde el punto fatídico se ensayan. Los futbolistas son los que ejecutan los disparos, los guardametas son los que tratan de impedir que el cuero les supere, pero detrás hay un cuerpo técnico, con un táblet (lo de la pizarra y libretas mágicas ya ha quedado obsoleto) que conoce hasta lo que come cada rival.

Claro, pero eso ocurría con Julen Lopetegui, y con sus ayudantes. El ex seleccionador, había inculcado una forma de jugar a los Iniesta, Busquets, Ramos, Silva y compañía. “La Roja” llegaba a Rusia tras una inmaculada clasificación y con un juego que hacia presagiar una buena nueva. Se había olvidado la eliminación en la fase de grupos en el Mundial de Brasil, y el adiós en las dos últimas Eurocopas.

Se volvía a creer. Los balcones se volvían a engalanar para la ocasión. Las tiendas hacían su agosto adelantado con la venta de merchandising de la selección. Y uno se preparaba para soñar, ¿por qué no?, con una nueva estrella en la parte superior del escudo en la camiseta.

Pero todo se desmoronó cual castillo de naipes. A unos días de arrancar la cita mundialista, salta la bomba. Julen Lopetegui ficha por el Real Madrid, algo que él contó a sus jugadores, y que acabó filtrándose a la prensa, llegó a oídos del todo poderoso Florentino Pérez y su club lo hizo oficial. ¡Vaya cúmulo de despropósitos! Resulta que Lopetegui ya sabía que al finalizar el Mundial diría adiós. ¿Tanto costaba a un club con la entidad del Real Madrid tratar de hacer callar al mensajero y desmentir algo que ya estaba hecho, es decir, una mentira piadosa? No.

Y apareció el nuevo presidente de la Real Federación Española de Fútbol, Luis Rubiales, ex futbolista, al igual que Ángel María Villar, aunque nada tiene que ver el canario con el vizcaíno. Rubiales se sintió traicionado por Lopetegui, aunque éste, cuerpo técnico y futbolistas sabían cual sería su futuro tras la cita en Rusia. Pero se optó por echar al que fuera en su época portero del Real Madrid y traer a Hierro, que, y todo sea dicho, se comió el mayor marrón de su carrera como técnico, que por cierto ha sido efímera.

¿Qué le hubiera costado al Real Madrid no anunciar el fichaje de Lopetegui? ¿Por qué y quién filtró la noticia a los medios de comunicación? ¿Con qué motivo? No, Rubiales no obró mal. Bien es cierto que podría haber aguantado a Lopetegui hasta el final del Mundial, pero Florentino y sus euros fueron rápidos y soltaron la bomba informativa, y, como diría aquel, aunque suavizando el dicho, “a tomar por saco la bicicleta”.

Fue cuando a Luis Rubiales se le hincharon las venas y decidió darle carpetazo a Julen y optar por Hierro, a pesar de tener a Celades, técnico que conoce mucho mejor a los futbolistas de España y a los contrarios. El devenir de los acontecimientos ya los conocéis. Si este Mundial hubiera sido al mejor dando pases sin ocasionar peligro habríamos sido los campeones.

Nos ha pasado como a Alemania, Portugal o Argentina. A las primeras de cambio, en nuestro caso a las segundas, para casa. Una pena porque visto lo visto, equipo teníamos de sobra como para haber peleado por lo menos por estar en la final. Ahora, encima, y como chiste final, aunque no es coña: suena Michel. Salud.